lunes, 14 de marzo de 2016

Brevísima introducción a Zubiri.

Presento una breve síntesis de los dos conceptos fundamentales de la filosofía de Zubiri: realidad e inteligencia sentiente.





Zubiri afirma que sólo hay realidad estricta y formalmente en la intelección humana. ¿Quiere esto decir que las cosas sólo son reales si son percibidas por el ser humano? Zubiri no identifica lo real con lo existente, sino con lo que es percibido como realidad. Y percibir las cosas como realidades es un acto exclusivo de la inteligencia humana. Por eso Zubiri define al hombre como “animal de realidades”. Pero ¿qué significa percibir las cosas como realidades? ¿Qué significa ser animal de realidades?

El sol existe, está ahí, iluminando y calentando nuestro planeta desde hace miles de millones de años, mucho antes de que apareciera la vida y mucho, mucho antes de que apareciera la especie humana. Existe, sí, pero "estricta y formalmente" no es realidad si no es inteligido por el hombre. El sol existe y como cosa que existe puede ser percibida de distintos modos. Un perro, por ejemplo, no percibe al sol como realidad. ¿Cómo lo percibe entonces? Siente, entre otras cosas, el calor que le calienta a él. No siente que existe un objeto exterior a él de donde proviene el calor, sino sólo el calor, un calor que le pertenece a él. Para el perro no hay sol; hay el calor del sol que lo calienta. El hombre, sin embargo, siente el calor y siente que ese calor proviene del sol, de una realidad externa a él. Siente el sol como objeto que existe por sí mismo, no en función del calor que le proporciona a él; lo siente como algo independiente de él. El hombre, animal de realidades, siente el sol como una cosa real “en propio”, con unas propiedades que le pertenecen al sol “de suyo”, que no son sólo un estímulo para un sujeto perceptor.  A esas propiedades Zubiri las llama “notas”, porque además de ser propias de la cosa, de ser suyas, nos notifican lo que la cosa es (su dimensión talitativa) y nos notifican que esa cosa es real (su dimensión trascendental). Las notas del sol nos notifican cómo es el sol (un disco amarillo, abrasador, cálido, luminoso, deslumbrante, etc.) y nos notifican que el sol es real. El perro sólo siente el sol como estímulo, no como realidad objetiva independiente del sujeto que la percibe; el hombre sí lo siente como tal realidad objetiva e independiente del sujeto perceptor. El hombre hace real a la cosa, la “reifica”.

Pues bien, sentir las cosas como realidades “en propio” es justamente inteligirlas, pero inteligirlas sentientemente. El sentir del perro es puro sentir, porque siente las cosas como estímulos propios de sí mismo. El sentir del hombre es intelección sentiente porque siente las cosas como realidades que lo son por sí mismas: siente el calor del sol pero también intelige al sol que calienta. Por eso sólo en la percepción humana el sol es real, sólo cuando es percibido en lo que Zubiri llama “formalidad de realidad”. El perro posee “formalidad de estimulidad” y el hombre “formalidad de realidad”, lo que quiere decir que la cosa percibida queda en la percepción del perro como mero estímulo y en el ser humano como realidad “en propio”, como algo que existe sin nuestra percepción pero que sólo en ella (“en” ella, y no “por” ella) cobra categoría de realidad. 

Las cosas existentes, sólo en “formalidad de realidad”, es decir, quedando en nuestra percepción como cosas reales. Además, sólo es estrictamente real lo que es real “de suyo”, es decir, la realidad que se hace presente en la percepción humana por las notas-propiedades que posee. El sol queda en nosotros como realidad gracias a sus notas, esto es, por su brillo, por su calor, etc. Concebir el sol como una divinidad a la que ofrecer sacrificios, como una estrella de tamaño medio alrededor de la cual, en órbita elíptica, giran la tierra y los demás planetas del sistema solar, o de alguna otra manera según la mitológia, la religión o la ciencia, está fundado en el quedar el sol en la impresión como realidad. Concebir (o juzgar o razonar) no es el acto primordial y radical de la intelección humana; todo eso es posterior a la aprehensión primordial de realidad que nos sitúa en ella. El astrónomo que estudia la actividad de las manchas solares puede realizar su actividad científica porque antes ha percibido al sol como una realidad. La razón humana, su logos, su ciencia, su ser religioso, etc., se fundan en la aprehensión primordial de realidad. El hombre es primero animal de realidades, y después, y sólo por serlo, todo lo demás.


Este es el puesto del hombre en el cosmos: notario y testigo de la realidad. Solo en la percepción humana el sol es por sí mismo real. Parece una paradoja, pero no lo es. En un mundo sin seres humanos no habría realidad porque no habría ningún ser que percibiera las cosas como realidades. Habría un cosmos: una riquísima y variada infinidad de cosas existentes conectadas entre sí que, como mucho, no pasarían de ser estímulos para las demás cosas. Nunca serían realidad, nunca algo independiente del perceptor, nunca realidad “en propio” o “de suyo”, porque eso sólo lo son en la percepción humano. No habría mundo, porque sólo el hombre tiene un mundo, sólo el hombre percibe la realidad en tanto que real. Si despareciera del cosmos el único animal dotado con la capacidad de aprehender las cosas como realidades, de percibir la dimensión trascendental de la realidad, desparecería también la realidad estricta y formal, de la misma manera que desparecerían los colores si desaparecieran los animales dotados de sentido visual. Este es el sentido radical de la definición zubiriana de hombre como animal de realidades.


José Javier Villalba Alameda

1 comentario:

  1. Excelente síntesis de la idea zubiriana de hombre como "animal de realidades". A mí esto de que la inteligencia siente ante todo el ser me recuerda, claro, a Aristóteles, su noción de ousía como soporte de todas los demás modos de ser, como categoría sustancial. Y también a Tomás de Aquino cuando repite que lo primero que capta la inteligencia teórica es el ser, igual que lo primero que capta la práctica es el bien. En efecto, aquello que apetecemos es sentido como bueno y aquello que conocemos es sentido, ante todo, como real.

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